Hay voces, que a falta de fundamentos, buscan fuerza gritando que en México no hay nada que festejar a doscientos años de su Independencia.
Darles la razón y creer que no hay motivos para estar de fiesta, bajo el pretexto de que hay mucho por hacer, equivale a despreciar la lucha de muchos mexicanos en la construcción del país libre y soberano que hoy somos.
Aceptar que no hay por qué estar contentos, equivale a despreciar la lucha de Hidalgo para que indígenas, criollos y mestizos tuvieran derechos y beneficios en su propia nación.
Equivale a desechar los egos vencidos a favor del bien común de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, que en un abrazo sellaron la victoria final sobre los peninsulares.
Asegurar que México no tiene derecho a festejar es quitar reconocimiento a mujeres extraordinarias por su valentía y convicciones, como lo fueron Leona Vicario y doña Josefa Ortiz de Domínguez.
Es arrinconar la inteligencia y talento de Ignacio Zaragoza en su victoria sobre el Ejército Francés, considerado el más poderoso del mundo y creer que fue cuestión de suerte.
Es despreciar el ideal de Madero de un México unido, quien aún en contra de las opiniones de los suyos, no encarceló ni asesinó a los porfiristas, sino que los mantuvo a su lado, aún y cuando le costó su propia vida.
Es concederle un valor mínimo al derecho que tiene cualquier mexicano, incluso un indígena zapoteca de llegar a ser Presidente de la República, como lo fue Benito Juárez.
Tal vez hay quien no sepa que México cuenta con ciudadanos cuyas ideas y acciones han sido premiadas con el Premio Nobel de la Paz y el Premio Nobel de Literatura, o que tengan poca fe en el sincretismo perfecto identidad mexicana, hoy reconocido en concursos de belleza.
Su ignorancia y mediocridad no les da el derecho de contaminar un festejo por México. Es entonces, tiempo de festejarnos.
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miércoles, 15 de septiembre de 2010
jueves, 26 de agosto de 2010
La Maldad ha llegado a México.
Hay quien dice que en los ojos de aquellos que comprenden que van a morir, hay una mirada especial.
Una mirada que expresa la claro entendimiento de que el fin de sus días está próximo, y que nada ni nadie, puede cambiar un futuro que parece inevitable.
Hay quien dice que sólo una persona con la mente torcida, enferma y envenenada disfrutaría esa mirada.
¿Qué tipo de persona ordena ejecutar a 14 mujeres y 58 hombres desarmados e indefensos, en cuyos ojos había solamente el destello de esperanza que les daba llegar a los Estados Unidos?
¿Qué tipo de personas acatan la orden de asesinar? ¿Quién es capaz de jalar el gatillo ante la mirada impotente de quien espera la interrupción de su destino?
Señoras y señores, la Maldad ha llegado a México.
No es un tema de gobierno, ni de políticas migratorias, ni de Estado fallido. Es, desde la concepción más simplista, tema de maldad humana. Un virus que se enquista en México, ante la indiferencia de unos y la impotencia de otros.
Miradas de maldad que se trasladan de los asesinos a los ciudadanos, que sólo han aprendido a ver con indolencia el mal ajeno. Que han dejado de creer en todo y en todos, sin darse cuenta que en el proceso han dejado de creer en ellos mismos. Miradas de maldad que nublan los momentos de triunfo y alegrías, tanto colectivas como individuales.
Miradas de frustración de quienes, en la lucha contra la maldad se sienten solos y abandonados por la colectividad que cuestiona sus acciones, pero que deja abierta la puerta de sus hogares a la maldad que provoca las drogas. Miradas de frustración de quienes sabiendo que viven en un país maravilloso, son sometidos a la inacción de otros ciudadanos designados para actuar a favor de los demás. Miradas de frustración de inocentes, que al estar frente a un cañón de fuego, saben que nada podrán hacer.
Señoras y señores la Maldad ha llegado a México.
Una Maldad viral que se expande y pudre a los hogares con drogas y a instituciones con corrupción. Una maldad que contamina a jóvenes, que prefieren declararse privados de oportunidades que construírselas. Maldad que entra por sus oídos y sale en forma de bala, encaminada a extinguir otra vida.
Señoras y señores la Maldad ha llegado a México.
Una mirada que expresa la claro entendimiento de que el fin de sus días está próximo, y que nada ni nadie, puede cambiar un futuro que parece inevitable.
Hay quien dice que sólo una persona con la mente torcida, enferma y envenenada disfrutaría esa mirada.
¿Qué tipo de persona ordena ejecutar a 14 mujeres y 58 hombres desarmados e indefensos, en cuyos ojos había solamente el destello de esperanza que les daba llegar a los Estados Unidos?
¿Qué tipo de personas acatan la orden de asesinar? ¿Quién es capaz de jalar el gatillo ante la mirada impotente de quien espera la interrupción de su destino?
Señoras y señores, la Maldad ha llegado a México.
No es un tema de gobierno, ni de políticas migratorias, ni de Estado fallido. Es, desde la concepción más simplista, tema de maldad humana. Un virus que se enquista en México, ante la indiferencia de unos y la impotencia de otros.
Miradas de maldad que se trasladan de los asesinos a los ciudadanos, que sólo han aprendido a ver con indolencia el mal ajeno. Que han dejado de creer en todo y en todos, sin darse cuenta que en el proceso han dejado de creer en ellos mismos. Miradas de maldad que nublan los momentos de triunfo y alegrías, tanto colectivas como individuales.
Miradas de frustración de quienes, en la lucha contra la maldad se sienten solos y abandonados por la colectividad que cuestiona sus acciones, pero que deja abierta la puerta de sus hogares a la maldad que provoca las drogas. Miradas de frustración de quienes sabiendo que viven en un país maravilloso, son sometidos a la inacción de otros ciudadanos designados para actuar a favor de los demás. Miradas de frustración de inocentes, que al estar frente a un cañón de fuego, saben que nada podrán hacer.
Señoras y señores la Maldad ha llegado a México.
Una Maldad viral que se expande y pudre a los hogares con drogas y a instituciones con corrupción. Una maldad que contamina a jóvenes, que prefieren declararse privados de oportunidades que construírselas. Maldad que entra por sus oídos y sale en forma de bala, encaminada a extinguir otra vida.
Señoras y señores la Maldad ha llegado a México.
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